Las Mujeres Voladoras de Totora, Bolivia

Texto y fotografias © Ricardo Carrasco Stuparich

 


Esta hermosa joven se columpia llena de esperanza y anhelo

 

Esta belleza ya tiene novio y solo participara' como espectadora

 

Mientras se columbia, debe atrapar el canasto con sus pies

 

Esta muchacha esta' feliz pues ya atrapo' un canasto y ahora lo lleva colgado de su cuello

 


Pareciera como si esta muchacha se columpiara' hasta tocar el intenso cielo azul

Durante el mes de Noviembre el pequeño y colonial pueblo de Totora se transforma en una gran y colorida fiesta, donde cientos de personas llevan a cabo la celebración de los columpios de San Andrés, quizás la tradición más original de Bolivia. Una vez al año, los habitantes del poblado y los alrededores se reúnen para despedir las almas errantes de sus deudos que han bajado desde las montañas y festejar la juventud de las mujeres que buscan novio. Para ello disponen gigantescos columpios en las calles adoquinadas, los adornan con cintas de telar, banderas, serpentinas y se lanzan a festejar por varios días con abundante chicha de maíz y canciones típicas.

Dentro del bus en que viajo me acompañan innumerables campesinas de llamativa vestimenta, hablan entre ellas sólo en quechua y aunque puedo distinguir algunas palabras, el paisaje por la ventanilla distrae mi atención. Arido y de colorido ocre, con sus pequeñas casas de barro regadas por lomajes suaves salpicados de bosques de eucaliptos y cactus, irremediablemente me evocan los parajes de Chile central. Aunque se que estoy a muchos miles de kilómetros, este panorama me sorprende, la similitud es asombrosa. De pronto mi mente regresa abruptamente a Bolivia ya que el camino por donde corre nuestra micro se transforma en una rústica senda adoquinada, haciendo brincar a los ocupantes de un lado a otro. Canastos, gallinas, sacos de arroz y harina acomodados en el pasillo se entremezclan con los reclamos de la gente. Impresionan estas sendas, millones de piedras dispuestas minuciosamente una al lado de otra conforman cientos de kilómetros en gran parte del departamento.

Finalmente, después de cinco traqueteadas horas desde Cochabamba, arribamos con la luz del ocaso a Totora, pequeño poblado conocido por sus casas de arquitectura colonial. Al bajarme, puedo constatar que todo a mi alrededor esta sujeto por varas de madera que cruzan las calles donde las viejas casonas se apoyan, como si se tratara de vetustos ancianos luchando por mantenerse en pie, a pesar del tiempo e intentando conservar inútilmente sus años de gloría. Camino por la angosta calle que da la entrada a la plaza principal del pueblo, la plaza Carrasco. Ahí, sentada junto a su pequeño local de expendios, mirando una montaña de mercaderías, encuentro a la señora Olimpia Alba, quien amablemente me ofrece un “tri-mate” bien caliente, una extraña pero agradable mezcla de tres yerbas locales. Afortunadamente ella domina el español y nos ponemos a charlar como si me conociera desde siempre. “Ahora estamos de fiesta y a llegado usted justo para la celebración, la fecha de los columpios de nuestro San Andrés” -dice mientras se persigna y acomoda una gorra de lana en la cabeza que deja escapar dos grandes y negras trenzas - “ahora tendrá suerte si encuentra alojamiento, todos los años es lo mismo: viene la gente desde Cochabamba y los pueblos cercanos al pueblo de la soledad y después no encuentran donde pasar la noche, se van y quedamos igual. Solos como Dios nos trajo al mundo”.

Casi sin darme cuenta, me había internado en las montañas en busca de imágenes y había ido a parar increíblemente al lugar indicado, una gran fiesta me esperaba. Pero una pregunta más a la señora Olimpia era vital: ¿que ha pasado con las casas, que clase de fenómeno ocurrió?. Como si no hubiese escuchado, se perdió en el interior del local para salir, minutos más tarde, con un pequeño cuadrito con la ilustración de algún santo en las manos. “ Fue el terremoto de 1998”, dijo con voz amarga y a juzgar por la expresión de su ajado rostro, era evidente que no quería volver a tocar el tema.

En la oscuridad, caminé en procura de un sitio donde pasar la noche. Algo confundido avancé por las angostas callejuelas iluminadas por unos pocos tubos fluorescentes que le daban al lugar un aspecto especialmente desolado. Los postes diagonales semejaban gigantescas flechas enviadas desde lo alto como una brutal venganza divina. Finalmente llegué a una rústica casona donde pasé mi primera noche en una gran habitación, toda cuarteada por grietas que daban la impresión de desbaratar las enormes paredes de adobe y aplastarme en cualquier minuto. Una ciudad devastada por un terremoto, indefensa y lejana a las grandes urbes luchaba por mantenerse en pié, y en medio de esta arquitectura del holocausto, ya empezaban las festividades. Me asomé a una pequeña terraza tambaleante para oír el canto lejano de mujeres y hombres proveniente de algún patio. La noche estrellada llenó mi cabeza de sueños que viajaron por los techos ondulados, como olas de emociones que me llenaban de alegría.

Al despuntar el sol y después de devorar algunas lampaganas (empanadas tradicionales rellenas con melocotón o manjar) con café de trigo tostado, ya me encuentro fotografiando en las calles, las que rápidamente albergan a numerosos visitantes llegados desde Cochabamba e incluso de Santa Cruz de la Sierra. Según lo que me informa Ramiro Arispe, un amistoso geólogo dedicado a develar y conservar la historia del pueblo, han venido a apoyar su reconstrucción. “Totora tiene 485 casas coloniales, las que después del terremoto grado 6.5 en la escala de Richter, resultaron dañadas casi en su totalidad”, -dice mirando a su alrededor-. “No se desplomaron únicamente porque sus paredes fueron hechas de adobe muy grueso, más de 60 centímetros de espesor y muchas, o bien la mayoría, no deberían estar habitadas. Después de meses de solicitar ayuda en vano, sus dueños decidieron ocuparlas, aun con el riesgo de morir aplastados”. Ramiro es tranquilo y habla pausadamente, como la gran mayoría de los Bolivianos.“A los totoreños antiguamente les decían los “tragabalas” porque arreglaban sus problemas con las armas”- dice mientras me jala de un brazo y lleva a mirar unos pilares cerca de la plaza Carrasco. “Observa, aquí hay agujeros en las paredes, los corredores coloniales están llenos de huecos de balazos donde muchos murieron tomando la ley con sus propias manos. Eran tiempos muy duros, pero también había gente con mucho dinero”. Dejo el lápiz y hacemos una pausa: salteñas, empanadas típicas rellenas con pollo y pasas, una delicia local.

Caminamos entre numerosos jóvenes con disfraces, los que se han reunido en la pileta de la plaza y a poco andar, nos encontramos explorado el interior de un patio colonial, precioso, con grandes pilares, enredaderas y donde es posible encontrar los restos polvorientos de lo que fuera un órgano de tubos. Ramiro se explaya: “Las casas de estilo colonial que hay alrededor de la plaza pertenecieron a los empresarios de la coca, negocio que fue muy próspero hasta el año 50, de hecho, Totora fue centro de acopio para las caravanas que venían de la selva con destino hacia Cochabamba y La Paz. Muchas de las casonas conservan pianos que fueron importados desde Europa. Tanto es así que a las mulas robustas todavía se les llama mulas pianeras. Te darás cuenta de la cantidad de muebles y pianos que trajeron por las montañas”, agrega efusivamente y con la pasión del tema en sus ojos. “También en todo este apogeo se creó aquí la primera imprenta de Bolivia”. Impresionado por el relato, recorro el pueblo absorto por esa grandilocuencia que yace bajo escombros o está a punto de desplomarse para siempre.

Subo por un angosto camino, el que conduce al cementerio y desde donde obtengo una buena panorámica del poblado y su asimétrica arquitectura. A distancia puedo ver grandes varas que sobresalen de los techos. No son ya los soportes de las casonas, casi por magia se han transformado en los columpios que durante todo noviembre, mesen las creencias ancestrales de los totoreños. Según cuenta la tradición, el día 2 bajan las almas de los muertos desde lo alto de la montaña o hanacpacha (cielo o mundo de arriba). Luego, durante todo ese mes, se efectúan los balanceos en los columpios para ayudar a los espíritus a regresar a sus moradas celestiales, ya que están muy cansados de vagar errantes en el mundo de los vivos. Para este fin, las varas son adornadas con cintas de telar, banderas y serpentinas para que las almas se retiren alegres y lleven un buen recuerdo del poblado y sus descendientes.

De regreso, ya en el epicentro de la fiesta, tengo el privilegio de asistir al espectáculo de los balanceos. Los dueños de casa que han armado el columpio, le dan la última mirada a las cuerdas, tensan amarras e inspeccionan estructuras, las que son revisadas solamente por ellos. De ocurrir algún accidente, serán los únicos responsables.

Desde las montañas han llegado numerosas mujeres cargando a sus bebes en sus espaldas para ver a las “mujeres voladoras”. Como dice Belisario Rioja, un ornitólogo que regresa fielmente año a año para disfrutar de la fiesta. “La tradición realmente importante la constituye la de las novias” me explica con los ojos casi cerrados por la intensa luz andina. “Las mujeres jóvenes y algunas que no han tenido suerte en el amor, se columpian con la creencia y por que no decirlo, con la certeza que al alcanzar un canasto con los pies obtendrán un novio”, se sonríe y continua. “Al interior los familiares introducen pequeños obsequios, los que simbolizan naturalmente la llegada de las lluvias y con ello la abundancia, las buenas cosechas y la fertilidad”.

El ambiente esta cargado de alegría y música. En los portales de las casas se reparte chicha de maíz, la que es consumida abundantemente en cáscaras ahuecadas de calabazas. Al poco rato, muchos de los habitantes de Totora se encuentran bajo el efecto embriagante de esta bebida altiplánica. Las muchachas que suben a los columpios, al contrario, se refrescan con mogochinche o jugo de duraznos deshidratados. Deben estar bien despiertas para treparse a semejantes estructuras. Con la luz de la tarde que hermosas se ven, al columpiarse el viento arremolina sus negras trenzas, dándoles un aspecto decididamente angelical.

Mientras, dos robustos ayudantes o “empujadores” tiran de dos líneas hechas de cuero, las que amarradas al asiento del columpio, impulsan fuertemente a las muchachas por el aire, casi haciéndolas tocar el firmamento. Felices pero con el vértigo de la velocidad dibujado en sus rostros, no piden a ser bajadas ni mucho menos.“¡Flor que flamea, flor que flamea...!” gritan mientras vuelan por el cielo andino.

Al tanto que los espectadores comparten anécdotas, hacen negocios, intercambian productos primarios y finalmente ríen entre abrazos y manotazos.

Una vez fatigados los “empujadores”, solicitan a los dueños de casa donde se ha armado el columpio, que dispongan a buen alcance la vara con los canastillos, los que serán retirados hábilmente por las niñas voladoras. En la fila, esperan su turno algunas mujeres ya adultas que no han tenido suerte en el amor, las que confiadas en su santo San Andrés, anhelan a que éste les cumpla sus deseos.

Embriagado por las imágenes que se van presentando, absolutamente embelesado por el abanico de colores, texturas y formas de los cuales debo ser testigo, no puedo contener la alegría y grito con las muchachas “¡Flor que flamea, flor que flamea...”.

El sol cae en Totora y las mujeres ya han ayudado a sus deudos a regresar a la hanacpacha, pero también han traído la nueva vida, en una perfecta armonía con la naturaleza y las tradiciones. Lentamente, uno a uno, los canastos van desapareciendo en las manos de sus felices dueñas, las que observan la suerte de sus compañeras o simplemente se pierden en las callejuelas sacudiéndose la challa y las serpentinas de la espalda, quizás para encontrarse con sus anhelados pretendientes.

 

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