Loceras de Quinchamali: Tradicion Ancestral que Perdura en el Corazon de Chile

Rodeado de lomajes suaves e impregnado de aromáticos perfumes que brotan de pastizales, viñedos y cientos de flores, el poblado de Quinchamalí, en la región central de Chile, surge como única manifestación de una antigua tradición, la que un puñado de mujeres se ha empeñado en mantener.

Texto y fotografias © Ricardo Carrasco Stuparich

A principios de Abril el otoño se prende en la región y el paisaje se transforma con la llegada de las bajas temperaturas, los Loceras de Quinchamalicolores dominantes son el ocre y el amarillo. Miles de hojas se desprenden de los álamos, cubriendo los caminos y dándole un irremediable aspecto bucólico al paisaje. Entonces los habitantes de Quinchamalí, se vuelcan a las viñas para realizar la vendimia. La región es conocida por las buenas cepas que emanan de las viñas de rulo –plantaciones que no necesitan riego- y las cerezas, amén de otras frutas como sandías y tomates, estos conocidos internacionalmente por su aroma y sabor. Sin embargo, al interior de las casas se desarrolla otra actividad, que como un secreto celosamente guardado otorga un sello particular a sus habitantes, son las loceras de Quinchamalí que se encargan de arrancar el barro de los cerros colindantes y se dan a la tarea, de crear febrilmente, miles de figuritas y modelos en greda.

Llego por barrosos caminos a la casa de una de ellas, Anjibda Smith Vielma -una antigua alfarera y una de las mujeres más respetadas entre ese pequeño grupo que han dLoceras de Quinchamali, Chileecidido perpetuar este rustico arte. Su modesto pero acogedor hogar queda en las inmediaciones del pequeño poblado y aunque en su terreno es posible plantar trigo y otros productos, ella prefiere “vivir de la tierra, de la greda”, como señala orgullosa. Acompañada por su marido don Floriano, es portadora de la que es hoy, la tradición más noble en la región. “En mi propio patio hay una mina de greda, y solo hay que saber encontrar la correcta que es la que realmente sirve”- dice - mientras acomoda su trenza sobre sus hombros y con una pala saca cucharadas de tierra. El aroma a yerbas frescas se esparce como un gigantesco velo por sobre las lomas. Luego, la alfarera, pausadamente va acomodando el fango rojizo negrusco en sacos, los que dispone en una carreta tirada por un caballo y mientras toma un poco de aire señala, “desde niña he trabajado en la greda y es como si desde siempre hubiera sabido dar la forma a los platos y fuentones que fabrico. Antes, en los tiempos antiguos, partíamos con mi madre a vender loza a los poblados cercanos como Bulnes y Chillán, y en carreta nos íbamos por los lomajes entre caminos de lodo y arbustos, hasta llegar a intercambiar la loza”. Avanza unos pocos metros y descarga la pesada pero valiosa carga. Aunque por tradición no es una labor de hombres, don Floriano retira de la greda las impurezas que esta trae, dejándola cremosa y dúctil para que su esposa la trabaje con comodidad.

Me retiro en esta primera y corta visita respetuosamente ya que la labor de alfarera es para la mayoria de ellas algo muy personal, casi privado. Tal vez Loceras de Quinchamali, Chileantiguas reminiscencias de un pasado no tan digno, pues la fabricación de “artilugios” de greda se relacionaba con las peores castas en el mundo colonial, y no era bien visto “trabajar con el barro” como relataron en algún momento los mestizos del nuevo mundo. Sin embargo, eso ha cambiado para muchas de las loceras y aunque hoy es posible disfrutar de la fabricación en sus talleres, dándole un valor agregado a la mirada del turista; por celo profesional o quizás por lo antes expuesto, el primer acercamiento a su arte debe hacerse con cautela.

Regreso unos días más tarde y encuentro a esta maravillosa mujer sentada en el pórtico de su casa con un puñado de greda entre las manos. La señora Vielma va dando forma hábilmente a un pequeño artefacto, mientras con naturalidad regresa su gruesa trenza de pelo cano. Sobre una silla, amaza la greda recién extraída desde una bolsa de plástico donde conserva la necesaria humedad, y moldea un jarrito que más tarde tomará la forma de un mate. Sentado junto a ella, observo como la arcilla comienza a convertirse, en un artefacto con valor ornamental, y lo que es mejor aún, con un profundo sentido estético y utilitario a la vez. Parece ser tan simple, pero es una tarea que para el aficionado tardaría horas y seguramente con resultados indeseables.

“Lo primero que hay que hacer”, -me explica-“es limpiar el barro pisándolo con los pies, luego se hace la pieza que usted siente en las manos y se deja descansar por unos días”, -señala- “y luego se bruñe y raspa con estas herramientas”. Me enseña una palangana llena de piedritas de diferentes tamaños, cuchillos sin cacha, conchas de mariscos y toda suerte de fierritos y palitos. “Días más tarde, cuando la pieza este fraguada, se raspa nuevamente, se le hacen los dibujos de adorno y se le ponen orejas y mangos. La deja reposar de nuevo, y ya viene lo más entretenido, poner el guano de caballo para hacer la fogata donde se cocerá la loza, hasta ponerse rojita”. Esta labor resulta complicada, ya que es necesario internarse en una pequeña recamara donde el humo es tan denso que difícilmente se puede ver la loza a escasos centímetros en el fogón. “ahora agarre la horqueta –tridente usado para el trigo- y retire usted mismo un fuentón, y tenga cuidado de no tocarlo porque el hospital esta lejos”. Con los ojos llorosos logro sacar el fuentón al rojo vivo desde el cuarto y lo dejo en el piso, donde lo espera un buen baño de paja que al quemarse le dará el tinte negro. “Si usted deja el fuentón enfriarse al aire, queda rojo, como el color de la greda”.

Después de esa didáctica clase con la señora Vielma, y aún con los ojos irritados por la humareda, me dirijo hacia el corazón de Quinchamalí. Loceras de QuinchamaliDonde paso a visitar a Buenaventura Ulloa, que de alguna manera se ha transformado en la encargada de difundir la cultura del pueblo.

Ella me comenta mientras caminamos por su jardín que cubre una gran flor de la pluma, que esta costumbre alfarera proviene de los acentamisntos mapuches en la región y que luego, bajo la dominación da la corona española, contionuó con la necesidad de almacenar el grano proveniente de las cosechas; los lugareños entonces empezaron a fabricar grandes tinajas de barro, las que aún hay esparcidas en las viejas bodegas por toda la zona. Inicialmente, las loceras fabricaban utensilios de cocina, como fuentes, jarros y platos, pero con el pasar de los años se dieron cuenta que los adornos también tenían una buena demanda, y hoy se fabrican, en los talleres de sus casas en los lomajes cercanos a Quinchamalí; chanchitos, gallinas y pavos ornamentales.

Es curioso que en la memoria de las artesanas siempre surge la abuela, la madre, la tía, trabajando cotidianamente la greda. El hogar, taller y espacio doméstico, donde se crece aportaba la sensibilización primaria de una labor adscrita a las mujeres. Aquellas, cuyo modelo de niña debería emular, distribuyendo su tiempo entre la factura de la loza y las tareas reproductoras de alimentación y crianza. Y es algo que es fácil constatar, la abuela, la madre, crean y modelan no tan sólo las piezas y figuritas de greda, sino que también levantan la impronta de lo que en Quinchamalí es el “ser mujer”. Como en otras sociedades donde el aprendizaje de las funciones inherentes a un rol no se produce por medio de explicaciones “racionales”, en este caso también asisto a una forma de enseñanza que se da por la vía de la imitación. Es un trabajo que se realiza por “tradición”, porque la madre y la abuela y todas las mujeres en el pasado lo han hecho. Nadie enseña a pulir, a formar un jarro, a bruñir o a pintar, lo aprenden copiando gestos, emulando ademanes.

Prácxedes Caro señalaba, “mirando aprendí a trabajar, son las manos las que aprenden, es como aprender a leer, la que tiene buena memoria aprende altiro. Yo, de diez, doce años le ayudaba a bruñir a mi mamá, después dije: voy a ayudarle a pintar y la pinté; pero lo borré porque pensé yo: me va a castigar, tenía miedo que me castigara. Después ya me dejó pintar, ya empecé a locear, agarraba greda, aprendí ligerito”. Ella enseñó a su hija Ines y su sobrina Luara, quién se destaca por sus nacimientos ornamentales para navidad.

La señora Olga Vielma es otra hija de la greda, como se autodefine. Su casita es muy sencilla, pero sus trabajos son tal vez los de mejor factura. Anciana y con las manos enfermas por las tierras Loceras de Quinchamalierosivas que han dejado huellas y grietas en sus dedos, comienza a mostrarme cariñosamente algunas de sus obras, las que pausadamente va sacando desde el interior de su casa y trae a la luz del corredor. Sólo fabrica loza, ya que como dice es costumbre de otras alfareras confeccionar figuritas ornamentales. “Las del norte son las que hacen chanchitos y otros adornos, yo hago cosas prácticas, platos, jarros y ollas”, -señala- “ya no saco greda, tengo que comprar o me la regalan, tampoco puedo limpiarla, es muy difícil ya a mi edad, es trabajo de mujeres jóvenes”. Ahora ella “locea” poco, aunque sus obras tienen el sello distintivo de la perfección, sus platos son livianos y sus diseños hermosos y simples. El calor del fuego proveniente de un bracero enciende la conversación, y después de unos minutos me muestra una fotografía que trae desde la oscuridad de una habitacíon “ aquí aparesco con mi loza, es que me gané un premio a la mejor loza y me dieron mucha plata, todas querian tener el premio pero yo me lo llevé” -dice mientras sujeta temblorosamente la fotografía- “ahora hay que tener dinero, la loza la vendemos, antes yo viajaba con mi mamá a Bulnes y ponía la loza en el suelo, más o menos en el año 20, ahí llegaban carretas de gente con frutas, papas y muchas otras verduras, entonces yo tenía una olla grande de greda, y la llenaba dos veces con papas, ahí cambiaba la olla por las papas y el hombre se quedaba con la olla, feliz. También por porotos cambiaba los platos y los jarros, ahí si que se ganaba”. Sus hijas Alicia y Mercedes del Rosario también fabrican loza, y sus hermanas; Isolina, Orfelina, Onorinda y Juanita fabricaron toda su vida loza, ahora la señora Vielma es la única heredera de esa familia y quien a pesar de su fatigado y tambaleante cuerpo -que según ella ya no responde a la delicadeza que quiciera imprimir en su trabajo- se esfuerza para sacar adelante su pequeña producción.

Las hermanas Rosario, Victoria y Carmen Caro son otras alfareras de reconosido prestigio, todas ellas fabrican artefactos utilitarios. También en la zona de Loceras de QuinchamaliSanta Cruz, a escasos tres kilómetros de Quinchamalí, las cuatro grandes familias de los Vielma, Echeverria, Vera y Carrizo se mantienen urgando las colinas para extraer greda fresca, así como lo hicieron durante décadas las reconocidas hermanas Zapata, que perpetuaron la que es hoy por hoy, la figura icono que reconocen los afuerinos apenas se les nombra Quinchamalí; la cantora o guitarrera en greda negra. Ella se inscribe en el pasado, en los albores de Quinchamalí y refleja un tránsito y permanece hoy expresando una necesidad. En sus comienzos fue denominada “mona”, era grande y utilitaria; servia como cántaro para el agua, el vino, la chicha; pero siempre antropomorfa, designando el pasado de lo simplemente útil, a lo “artístico”, a lo figurativo. La cantora o guitarrera, fue modelada más tarde, a diferencia de la “mona”, como pura representación, chica o grande. En sus dos vertientes, esta pieza es, según Sonia Montecinos (estudiosa por años de las artesanas), elemento fundamental en la tradición alfarera de Quinchamalí.

“La más antigua es la guitarrera abierta. Esa es también la que hacia la mamá de mi abuelita. La utilitaria que le dicen es con sombrerito y un piquito para que corra el líquido y un arco atrás para tomarla. Le dicen la mona que es distinta que la otra guitarrera, que son más de adorno o de alcancía”, palabras de Silvia Alarcón.

Otra figurita representativa de la zona es el chancho de greda, esta pieza aparece como una de las más populares en Quinchamlí, ya sea como el chancho de tres patas o de la suerte, y últimamente comoLoceras de Quinchamali el chancho alcancía. De ellos hay muchos regados por la calle principal del pueblo, la única calle que es el lugar de venta oficial hacia los turistas que llegan desde las ciudades cercanas, como Concepción o Chillán. Muchos de estos puestos improvisados en los patios pertenecen a revendedores, ya que las loceras de las colinas prefieren consignar sus trabajos a estas personas antes de viajar lejos a comerciar su arte, con el riesgo inherente de perder su delicada mercancía de semanas de trabajo.

El crudo invierno se retira repentinamente de estas tierras, y con la llegada temprana de la primavera aparecen los primeros brotes en los álamos y árboles frutales. En pocas semanas todo se crubre de verde, intenso y espontaneo. Las loceras regresan a sus minas de greda, o las más cansadas por la rustica vida de campo, la adquieren de vendedores, quienes generalmente aceptan piezas a cambio.
Las horas transcurren lentas y a un ritmo relajado, sentado en una pequeña banca en la calle principal del pueblo, observo las carretas pasar y decido regresar a la morada de Olga Vielma, la viejita delicada que lleva en sus manos el arte de la loza fina y hermosa, y quien me obsequia afectuosamente de un delicado platillo adornado con flores, fiel reflejo de los lomajes donde vive, tranquilamente, modelando el tiempo entre el fresco aroma de las yerbas.


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