Una premonitoria jornada por el Santuario Carlos Anwandter, uno de los humedales biologicamente mas importantes de Sudamerica, antes del desastre ecologico que lo devastara.
Texto y Fotografías © Ricardo Carrasco Stuparich
Desde el aire, y a pocos minutos de haber despegado desde la ciudad de Valdivia, en la Xa región de Chile, la lengua serpenteante del río Cruces sólo parece una gran y desmembrada extensión de tierras inundadas y totorales sin vida. Sin embargo, la atmósfera limpia que precede a las tormentas de lluvia característica de estas regiones australes, permite distinguir con toda claridad, a medida que se avanza, como se desarrolla la vida sobre el gran humedal. Los detalles aparecen lentamente y con un poco de atención, es posible ver a los Cisnes de cuello negro como pequeños puntos blancos sobre la superficie del agua, las Garzas con su vuelo soñoliento cruzar de una orilla a otra para posarse sobre alguna rama, un bote a remos proveniente del poblado ribereño de Punucapa dejar una fina estela que se suma a lo apacible del paisaje.
Es así, como este lugar llamado “Santuario de la Naturaleza del río Cruces” , con un largo de 25 kms y tan solo 2 kms de ancho y con una superficie aproximada de 4.887 hectáreas, se ha convertido con el pasar de los años en albergue de más de cien especies de aves, numerosos mamíferos, peces e insectos además de una impresionante cantidad de llamativas flores silvestres y bosque nativo que en partes se mantiene intocado.
Geológicamente el Santuario se encuentra inserto en la depresión de San José y corresponde a una depresión tectónica que separa los relieves oriental y occidental de la Cordillera de la Costa de Chile. Este lugar ha sido desde el terciario, sitio de depósitos y sedimentos marinos. Presenta un clima templado cálido, con menos de cuatro meses secos. Llueve mucho y las precipitaciones alcanzan a los 2.000 mm. anualmente, siendo el mes más lluvioso el de Mayo, generando inviernos que parecen eternos y haciendo la llegada de la primavera, una gran bendición.
Mientras tomo algunas fotografías por la ventanilla de la avioneta, el piloto me comenta masticando un chicle para mantener los oídos destapados; que la última vez que sobrevoló la zona y con un día completamente despejado se extravió por unos minutos en la densa capa de nubes que se evaporan de la selva valdiviana. Estas nubes, agazapadas al cerro Oncol -el más alto de la cordillera de la costa y que en lengua mapudungun significa cerro escarpado- penetran a los valles interiores provenientes del Pacífico y hacen peligrar los vuelos para quienes se internen en el área. Sin embargo, y después de haber volado el lugar ampliamente, desde donde mejor se aprecia la diversidad faunística, es directamente en el agua, sobre un Kayak. Este vehículo permite desplazarse rápida y silenciosamente por entre los vegetales acuáticos, que tanto abundan en el Cruces.
El zarpe desde el fuerte histórico de San Luis de Alba, a dos horas en vehículo desde Valdivia, resulta ser un buen comienzo para la jornada y al depositar las embarcaciones sobre el agua, se siente nuevamente la emoción de otra aventura. Dejamos el fuerte atrás y remamos hacia el sur por un corredor angosto rodeado de sauces, la tranquila corriente nos lleva lentamente hacia el empalme del Cruces con el río Calle-Calle, distante 50 kms. río abajo. Llaman la atención, las plumas de cisne que arrastradas por el viento, flotan a la deriva sobre la azul superficie del agua. El silencio incomoda, tarda en hacerse familiar y en las orillas, las mariposas revolotean entre miles de flores silvestres que salen al encuentro para luego desaparecer entre el follaje de los sauces. Es el momento de atracar nuestras embarcaciones y nos dedicamos a la fotografía de insectos. Algunos equipos como los flash se han humedecido pero podemos trabajar con dos que se encuentran en buenas condiciones, la cámara de Edmundo, mi compañero de viaje no ha tenido la misma suerte y está llena de agua debido a que no la guardó en una de las cámaras estanca.
Fotografiamos a la (Colias vauthieri) que es una de las mariposas que más abunda entre las flores del Santuario decorando los campos con su alegre colorido. El macho aporta sus alas anaranjadas al paisaje y la hembra viste blanco verdoso. Frecuentan terrenos planos y suelen visitar las plantas silvestres como el diente de león. Es posible encontrarlas también en sembradíos de alfalfa donde se alimentan en su estado larval causando gran daño. En las praderas del Santuario es común observar el juguetón cortejo entre machos y hembras constituyendo a los lepidópteros más comunes en Chile. También resulta frecuente encontrarse con el revoloteo zigzagueante de (Ahesna diffinis) o mejor conocida como libélula. Este insecto de origen paleozoico, apareció hace ¡250 millones de años! sobre la superficie terrestre y desde entonces apenas a cambiado de forma y estructura. Sus alas no se pliegan sobre el cuerpo y las patas apuntan hacia adelante, lo que les impide caminar pudiendo solamente asirse a las ramitas. Las extremidades presentan una adaptación para capturar insectos que casa y come en pleno vuelo. Las hembras -de color verde y menos llamativas-suelen esconderse en la vegetación que bordea los cursos de agua del Santuario, mientras los pretendientes se aproximan a ellas en una actitud de búsqueda, recorriendo constantemente el mismo sector. Cualquier hembra que sobrevuele al área es perseguida por un macho que intentará apresarla, tomándola fuertemente por detrás de la cabeza, con sus pinzas ubicadas en el extremo terminal del abdomen. El galán que consigue pareja, la acompañará después de la cópula a la postura de los huevos en el agua, iniciándose con esto una nueva generación de ninfas acuáticas. Pasados uno a dos años se convierten en una nueva población aérea. Las abejas por su parte no se ven, pero se pueden oír en grandes enjambres entre los arbustos del lugar, desde donde los lugareños extraen sabrosa miel de ulmo (Eucryphia cordifolia), los que se desarrollan preferentemente en lugares con alta humedad.
Retornamos a nuestros kayaks y repentinamente, una brisa fresca levanta pequeñas olas que rompen con la tranquilidad y hay que remar más enérgicamente para mantener el rumbo. Es viento sur que trae buen tiempo. A partir de ese momento, el paisaje cambia, el río se enancha y se deja atrás el angosto corredor fluvial, miles de troncos a medio hundir sobresalen del agua dándole al lugar un aspecto agreste, recordándole al visitante, que en el año 1960 ocurrió en esta zona uno de los más grandes terremotos de los que se tiene registro, provocando el hundimiento de enormes extensiones de terreno. Mudo testigo son las estacas que se asoman desde el agua y que antaño conformaban potreros agrícolas y ganaderos, ahora roídas por el tiempo y la lluvia sirven de posadero para las aves. Como una gran garza cuca (Ardea cocoi) que con su azulado cuello estirado como una flecha, estática, espera pacientemente por un pez. Las embarcaciones no la perturban y sin remar, la dejamos atrás. Es aquí donde se encuentra la primera colonia reproductiva de esta magnífica ave en todo Chile, acompañada del cuervo de pantano y del gaviotín piquerito, especies en peligro. La presencia del cisne coscoroba (Coscoroba coscoroba) fue también una sorpresa, con unos 9 individuos que se mantuvieron por al menos 3 temporadas dan a los expertos esperanzas de su definitiva radicación en el sector.
El viento sur nos arrastra hasta los totorales (Scirpus californicus) que tanto abunda en el Cruces. Es ahí, en la quietud y abrigo que brindan los vegetales acuáticos donde documentamos al movedizo (Tachuris rubrigastra) o siete-colores, una pequeña ave de pantano que como un diamante que descompone la luz construye su nido entre los totorales. Estas también son las aguas del huillín (Lutra provocax), nutria de río de grandes dimensiones que sólo se deja ver en rarísimas ocasiones ya que el hombre por ignorancia, le ha dado muerte casi hasta llevarla a la extinción.
Como un espejismo, una franja blanca se ve en el horizonte azul, son cientos de cisnes de cuello negro (Cygnus melanocorypha) que se alimentan de el alga luchecillo nadando por sobre las plantas natantes y la gran profusión de lotos (Nymphaea alba) que a pesar de ser introducidos, han encontrado en la parte alta de la reserva, un buen lugar para radicarse. Varias colonias reproductivas se han establecido en esta área, siendo una de las más numerosas la de los cisnes de cuello negro que pueden conformar hasta 250 nidos en la zona norte del Santuario. Un brusco aumento del promedio de aproximadamente 2.000 ejemplares a casi 7.000 en verano del 90 llamó la atención a los expertos locales. Se estimó que un número cercano a los 4.000 individuos ingresó por una sequía macroregional del cono sur sudamericano desde Argentina a esta área. Con el pasar de los años, se han ido retirando nuevamente a sus cuerpos de agua de origen. La mayor cantidad de arribos de esta especie se produce en verano y comienzos de otoño, cuando los niveles de agua bajan ostensiblemente.
Seguimos nuestra travesía y el viento a hecho aparecer de un momento a otro olas de cincuenta centímetros obligándonos a remar por la orilla del curso para no empaparnos y buscar un buen sitio para armar campamento.
La leña está húmeda y el fuego no prospera, es nuestra primera noche y tenemos visita. Las luces de la carpa han llamado la atención a los insectos de la noche y tengo la oportunidad de documentar algunas mariposas nocturnas que se han posado en los helechos (Blechum mochaenum) cercanos a la tienda iglú.
Al día siguiente continuamos remando encontrándonos a escasos metros de uno de los kayak a un curioso lobo de mar (Otaria flavescens) que con sus grandes pulmones resopla en la superficie del agua. Es raro el encuentro ya que habitualmente este mamífero no remonta tantos kilómetros río arriba. Continuamos hurgando recodos y totorales, visitamos la gran colonia de cormoranes yecos (Phalacrocorax brasilianus) donde por cientos han encontrado, junto a la garza boyera (Bubulcus ibis) buen refugio a resguardo de los depredadores locales, como el zorro chilla y el Puma, que a pesar de ser protegidos por la labor que realiza la Corporación Nacional Forestal (Conaf) han sido tremendamente mermados por los daños que causan a los agricultores cercanos al Santuario, quienes ven en estos mamíferos constante amenaza para su ganado y criaderos de aves. Lamentablemente, al verse acorralados en las serranías de la cordillera de la costa por las faenas forestales o por los mismos agricultores que depredan los terrenos, no han encontrado mejor forma de sustento, que bajar a los campos para alimentarse del ganado.
Al caer la tarde, y cuando la temperatura a descendido, aparece con su vuelo rasante y en procura de algún insecto distraído, la golondrina chilena (Tachycineta meyeni). Desembarcamos en el muelle del pequeño poblado de Punucapa para conocer a su cálida gente que nos ofrece su amistad y chicha de manzana; bebida artesanal de baja graduación alcohólica.
Es aquí, donde el dos de febrero de cada año, con el calor del verano y una nube de polvo se lleva a cabo la celebración a la virgen de la Candelaria. Cientos de fieles concurren de los poblados cercanos, los que emergen como fantasmas desde la espesura de los totorales y llegan remando hasta el muelle del poblado, desde donde son transportados en carretas tiradas por bueyes hasta la iglesia local. Don Marcos, lugareño dueño de uno de estos vehículos nos comenta, “es muy buen negocio para nosotros la celebración de la candelaria ya que durante todo el día transportamos a la gente que no puede caminar o están enfermos y esperan que la santa les cure sus males”. Es en los alrededores de Punucapa, donde los campesinos y ribereños recolectan diariamente flores silvestres para luego venderlas en la feria fluvial de Valdivia, pero en esta importante ocasión, las flores serán para su virgen que es transportada en andas desde la iglesia hasta el muelle de Punucapa donde el párroco a cargo, da un sermón.
Después de compartir agradables momentos y cargar barios frascos de sabrosa Murta hecha mermelada en los kayaks, continuamos nuestro viaje con la satisfacción de haber navegado un lugar aun no alterado y que si sabemos cuidar, promete para quien se interne en sus aguas, un espectáculo pleno de vida y color. Más adelante, hacia el sur, ya se pueden distinguir algunos edificios de la ciudad de Valdivia, donde nos espera el empalme con el río Calle-Calle, y la civilización.
|